
Comportamientos tóxicos, como el ‘ghosting’ o el flirteo intermitente para mantener el interés del otro, dañan la autoestima, elevan la sensación de soledad y alimentan el hartazgo con las aplicaciones de citas
Cupido ya no se llama Cupido. Ahora se llama Tinder, Bumble, Grindr, Badoo, Hinge. Las aplicaciones de citas han sacudido la forma en la que se establecen los vínculos afectivos y románticos en todo el globo, y también las dinámicas que acompañan a esas nuevas maneras de relacionarse.
Junto a los match, los bloqueos, los fueguitos y los superlikes, aparecen nuevas palabras que describen —mediante anglicismos— comportamientos muy particulares.
Así surge el ghosting, cuando algún ligue desaparece de repente y para siempre; el breadcrumbing, cuando alguien muestra señales intermitentes de interés, pero sin compromiso ni responsabilidad afectiva; o el zombieing, cuando el fantasma vuelve a retomar el contacto como si nada hubiera pasado.
Aunque no son fenómenos exclusivos del mundo virtual, sí parece que se dan ahí con más frecuencia, según los expertos consultados.

Un estudio alerta, por ejemplo, de que el breadcrumbing provoca en quien lo sufre más insatisfacción vital, soledad y puede hipotecar sus relaciones afectivas futuras.
También hay investigaciones que señalan el efecto nocivo del ghosting en la autoestima y se ha reportado que alrededor del 7% de la información que se comparte en esas plataformas es falsa, sobre todo, con el fin de resultar más interesante. Pero esas mentiras pueden erosionar la confianza y alterar la forma de relacionarse.
La huella emocional del «ghosting»
La ciencia y la calle también han puesto nombre y atención a otras dinámicas comportamentales que, más allá de la mentira, pueden distorsionar las relaciones. Sobre el ghosting, por ejemplo, Molero explica que “la gente lo vive mal” porque no entiende qué ha pasado.
“Uno se pregunta incluso qué ha hecho mal. Es terrorífico no entender qué pasa. Te crea una sensación de caos e incertidumbre que te puede afectar a relaciones futuras”, incide. Incluso hay quien tiene que pasar una especie de duelo, expone.
Esas desapariciones sin dejar rastro son relativamente frecuentes. Investigaciones en Estados Unidos estiman que hasta uno de cada cinco encuestados lo han sufrido y entre el 10% y el 30% ha ejecutado ese comportamiento.
Sobre las motivaciones detrás de esas desapariciones repentinas, Raúl Navarro, profesor de Psicología Social en la Universidad de Castilla-La Mancha y autor principal de esa investigación, asegura que hay diferencias por género.
Las mujeres, por ejemplo, recurren más a esta práctica “cuando las interacciones adquieren tintes más agresivos o ven un riesgo de que ocurra una situación desagradable”, explica.
Pero también hay quien toma esa decisión unilateral, quizás como “un mecanismo de justificación”, al pensar que la otra persona no va a estar bien con uno y quiere evitarle lo que vendrá después. “Todas ellas son formas de evitar la confrontación directa”, argumenta Navarro.
La peor parte, eso sí, se la lleva quien lo sufre: puede llegar a pensar que en sus relaciones futuras le puede ocurrir lo mismo. “Y también se relaciona con soledad emocional y la incapacidad de establecer vínculos sociales fuertes”, agrega el científico.
“Es una estrategia de: ‘Quiero que estés pendiente de mí, quiero que me adules’. Se ha visto también que está relacionada con el narcisismo”, explica Navarro.
Y señala que también se ha vinculado con un apego inseguro: “Son personas que tienen necesidad de establecer vínculos y, a veces, quieren superatención, pero luego no están bien con esa cercanía y se alejan. En este caso no es con el ánimo de hacer daño, y ese apego evitativo le puede funcionar a la persona que lo practica por esa incapacidad de establecer relaciones sanas”.








