
En Honduras, ser pastor evangélico es, en muchos casos, una vocación de servicio… y también una sentencia de muerte. En los últimos años, decenas de líderes espirituales han sido asesinados, y la gran mayoría de estos crímenes siguen impunes. El país calla, las autoridades no actúan y la iglesia —en muchos casos— guarda silencio.
Según lo informado por las autoridades esta última semana, dos pastores fueron asesinados en diferentes zonas del país. En El Corpus, Choluteca, el pastor Yonis Zepeda fue atacado dentro de su casa por desconocidos, mientras que en Erandique, Lempira, otro líder espiritual fue hallado muerto a la orilla de una carretera. Ambas muertes fueron violentas. Ambas quedaron sin respuestas claras. Ninguna ha generado una reacción significativa del Estado.
Impunidad como costumbre
Desde el año 2005, al menos 32 pastores evangélicos han sido asesinados en Honduras, según cifras recopiladas por medios cristianos y líderes de la iglesia. El año 2013 fue uno de los más sangrientos, con ocho pastores asesinados solo en el primer semestre. A pesar de esta preocupante tendencia, muy pocos casos han sido resueltos.
¿Qué dice esto sobre la respuesta institucional del país? ¿Acaso no deberían tener prioridad los crímenes contra quienes trabajan por la paz, el consuelo y la restauración social?
Vidas que parecen no importar
Mientras que el asesinato de otras figuras públicas provoca movilización inmediata, el de un pastor evangélico apenas se menciona en los noticieros. No hay comunicados del Ministerio Público. No hay conferencias de prensa. No hay operativos especiales ni líneas de investigación rápidas. Solo hay silencio.
Y ese silencio no solo viene del Estado. También la iglesia ha fallado en levantar su voz con fuerza. La Confraternidad Evangélica de Honduras, asociaciones de pastores locales y líderes cristianos influyentes rara vez denuncian estos hechos con firmeza. Las viudas y congregaciones lloran solas.
¿Dónde están las voces?
Es legítimo preguntarse: ¿Dónde está la iglesia cuando matan a uno de los suyos? ¿Dónde están las marchas de clamor, las campañas de denuncia, las exigencias públicas de justicia?
La pasividad institucional es grave, pero el silencio espiritual lo es aún más. Callar ante el asesinato de un pastor no es prudencia ni mansedumbre, es complicidad moral. La vida de un líder espiritual no vale menos que la de un periodista, un diplomático o un miembro de cualquier otra comunidad.
Un llamado urgente
El asesinato de un pastor no es solo un crimen contra una persona. Es un ataque a toda una comunidad, a una red de fe, esperanza y servicio. Es un golpe al tejido moral de un país que ya vive con demasiadas heridas abiertas.
Honduras necesita más que oraciones: necesita justicia.
Y los pastores no deben morir en silencio… ni ser enterrados en el olvido.






